Me siento libre y feliz conduciendo así.

Pero las heridas psicológicas siguen abiertas. El recuerdo del sufrimiento sigue en mi corazón. Llámame cobarde, pero el dolor aún sigue bajo mi piel, y retorna a mi mente torturándome cada vez que veo gente como la que me hizo aquello. Sigo enfrascada en mi lectura, una de Nietzsche. Se sienta un chico a mi lado. Me levanto y me largo. ¿Cobarde? Sí. Pero ese chico podría ser de los que me clavaron dagas en el pasado.